Alessandra Anidez, Danna Álvarez, Daniel Moreno y Sofia Moncada
1. El capitalismo de vigilancia influye en la forma en que accedemos a información y tomamos decisiones. En lo profesional y educativo, los algoritmos nos muestran cursos, vacantes o artículos filtrados según intereses previos, limitando la diversidad de opciones. En lo político, las campañas digitales personalizadas buscan moldear opiniones. Culturalmente, las plataformas condicionan gustos musicales, cinematográficos o de moda. Esto puede afectar la personalidad porque reduce la autonomía al exponer constantemente lo que los algoritmos suponen que queremos, en lugar de lo que podríamos descubrir por elección propia.
2. Al analizar los Términos y Condiciones de TikTok, se identifican varios aspectos problemáticos. La plataforma recopila no solo la información que el usuario comparte (como videos y comentarios), sino también datos biométricos (rostro y voz), ubicación precisa, contactos, historial de navegación y patrones de comportamiento. Además, al subir un video, el usuario otorga a TikTok una licencia amplia y mundial para utilizar, modificar y distribuir su contenido.
Esto plantea un dilema ético y legal: aunque los datos y publicaciones pertenecen en teoría al usuario, en la práctica la plataforma adquiere control sobre ellos. La falta de transparencia y el lenguaje técnico dificultan que los usuarios comprendan el alcance real de la cesión de derechos, lo que representa una clara vulneración a la propiedad de los datos personales y a la privacidad digital.
3. Un ejemplo cotidiano que refleja el capitalismo de vigilancia ocurrió cuando, después de conversar con amigos sobre la idea de comprar una bicicleta, al abrir Instagram y YouTube comenzaron a aparecer anuncios de bicicletas, accesorios deportivos y aplicaciones de rutas ciclistas. Lo llamativo es que nunca se había realizado una búsqueda explícita en Google ni en tiendas en línea sobre ese producto; la única referencia había sido la conversación presencial.
Esta situación generó la sensación de que el micrófono del teléfono estaba activo y que las aplicaciones estaban procesando fragmentos de audio para personalizar la publicidad. Aunque las empresas suelen negar este tipo de prácticas, la coincidencia entre lo conversado y la publicidad recibida es difícil de ignorar.
En este caso, los derechos que se sienten vulnerados son:
- El derecho a la intimidad, porque conversaciones privadas podrían estar siendo monitoreadas.
- El derecho a la privacidad de los datos personales, ya que el usuario no controla qué tipo de información se capta ni cómo se utiliza.
- El derecho a la libertad de elección, pues la exposición constante a publicidad segmentada influye en decisiones de consumo, reduciendo la capacidad de elegir sin presión algorítmica.
Este ejemplo muestra cómo, incluso en interacciones cotidianas aparentemente privadas, el capitalismo de vigilancia se infiltra y transforma nuestras experiencias en materia prima para el mercado, generando un estado de vigilancia permanente que limita la autonomía ciudadana.
4. Es imprescindible tomar consciencia de que la vigilancia digital no es un fenómeno aislado, sino estructural. Creer que las plataformas son gratuitas oculta la realidad de que el verdadero costo es la entrega masiva de datos personales.
El “Gran Hermano” más preocupante en la actualidad no es necesariamente estatal, sino corporativo. Compañías tecnológicas como Google, Meta, Amazon o ByteDance (propietaria de TikTok) poseen bases de datos tan extensas que conocen mejor a los usuarios que ellos mismos. Este poder se traduce en la capacidad de influir en el consumo, las relaciones sociales e incluso la percepción política. La concentración de tanto conocimiento en manos privadas plantea riesgos enormes para la democracia y la soberanía ciudadana.
5. Proteger los derechos ciudadanos en un contexto de vigilancia digital requiere una combinación de acciones individuales y acciones colectivas, ya que el problema trasciende las decisiones personales y está vinculado a estructuras de poder global.
A nivel individual, los usuarios pueden:
- Configurar con cuidado las opciones de privacidad y seguridad en redes sociales y dispositivos.
- Limitar los permisos de aplicaciones (como acceso al micrófono, ubicación o contactos) a lo estrictamente necesario.
- Utilizar herramientas tecnológicas de protección, como bloqueadores de rastreadores, navegadores alternativos y VPN.
- Practicar una gestión consciente de la información, evitando compartir datos sensibles o privados en plataformas digitales.
A nivel colectivo y social, se requiere:
- Promover una alfabetización digital que enseñe a niños, jóvenes y adultos a identificar riesgos y a usar internet de forma crítica.
- Apoyar regulaciones nacionales e internacionales que obliguen a las empresas tecnológicas a respetar los derechos de los usuarios y a ser transparentes en el manejo de los datos.
- Impulsar movimientos ciudadanos y organizaciones que defiendan la privacidad digital y los derechos humanos en línea.
- Exigir mayor responsabilidad ética a las empresas tecnológicas, no solo en el uso de datos, sino también en los algoritmos que influyen en la información y en el consumo.
Podemos decir que, la protección frente al capitalismo de vigilancia no depende únicamente de la prudencia de cada persona, sino de una acción colectiva e informada que permita equilibrar la innovación tecnológica con la defensa de los derechos ciudadanos en el mundo digital.
